Concluyen los Juegos de Atenas y me quedo con el mismo sabor de siempre a "me falta algo". Y este año más, que con la jornada de trabajo que he tenido y aún padezco no he podido ver en directo apenas ninguna de las competiciones. Siento especial predilección por la gimnasia deportiva, la rítmica y la natación convencional y sincronizada, y eso que de pequeña no fui la clásica niña que después del cole se iba derechita a las clases de rítmica o ballet, auspiciada por sus padres. En realidad, mi cuerpo siempre fue longilíneo y espigado, pero mi columna era mucho más parecida a un signo de interrogación, por lo que acabé cinco temporadas helándome el cuerpo en la piscina, digamos, climatizada, del Club de Campo y Deportes. No solo la espalda tuvo la culpa, sino la obsesión de mi padre porque su hija Irene aprendiese a nadar a toda costa.
Y aprendí, mucho y bien, pero desesperé a alguno de mis monitores por la incapacidad manifiesta a hacer volteos que demostraba. Hablando claro: dar volteretas en el agua cerca del borde de la piscina para seguir nadando me parecía estúpido y peligroso, y el día en que midieron mi tiempo con intención de sacarme de esa piscina para llevarme a otra mejor, mandé todo al cuerno.

El caso es que como decía, los juegos me han sabido a poco, quizá por culpa del desorden de retransmisiones con que Televisión Española nos obsequia cada cuatro años. Y es que entre la desafortunada realización de quien quiera que haya enviado la señal de televisión a los canales de todo el mundo (que supongo que habrá sido la televisión griega) y la sensación que termina dándome de que solo los españoles competimos en las olimpiadas (parece el NO - DO a veces, ¿verdad?) me he quedado bastante decepcionada.
Currar en verano no es agradable, es molesto como la picadura de un mosquito, irritante como el escozor de un arañazo. Currar en verano desquicia. Si es en una autoescuela, exaspera. Y si además coincide con las fiestas de tu pueblo no es que soliviante, sino que hablando en plata, jode.
A pesar de todo a veces da tiempo de salir, aunque sea con la poca gente que se decide y gentilmente sube a Sanse (ya se sabe, la culpa es mía; tanto he criticado a los autobuseros y su empresa del demoño que ahora mis amigos no quieren subir a hacerme compañía porque les da pavor enfrentarse al gigante) Eso sí, digo una cosa, chavalines: yo bajo a Madrid a diario y no se me caen los anillos. Dicho queda.
A continuación dejo un puñadito de documentos gráficos de hace un par de noches.






Y ésta es la tarta que nos vamos a comer de postre esta noche. Hecha por mí, cómo no.
